¡Oh!, no; no estoy tranquila ni mucho menos. ¿Crees tú que...? ¡Ay! Por tu vida, no me asustes. Esta noche quiero ser feliz, ó hacerme la ilusión de que lo soy. La dicha pasa tan pronto, que debemos andar muy listos y cogerla y gozarla antes de que vengan las complicaciones. Y aún espero yo que las venceremos. ¿No lo crees tú así? Dime que las venceremos, confórtame, anímame.
Federico, sombrío.
Ten por seguro que nuestro secreto no puede defenderse ya.
Augusta.
¡Ay, qué pesimista! Yo rabiando por hacer aquí un paréntesis, un refugio, un mundo aparte, y tú empeñado en traer á este rinconcito los afanes de allá. Aislémonos, cortemos la comunicación con el mundo, querido.
Federico.
No es posible cortar la comunicación cuando nos amenazan graves sucesos.
Augusta.
¡Ay, qué miedo! Bueno, hijo mío, si quieres que llore, lloraré; ¡yo que venía dispuesta á reirme y hacerte reir! Y no creas, traigo muy pensados mis argumentos. Hoy me propongo convencerte, y para ello no habrá monería que yo no emplee.
Federico, tedioso.