¡Ay, qué horror! Por la Virgen Santísima, no hables de tiros, ni de que aquí va á entrar alma viviente. Tú estás alucinado, nervioso. Sueñas con peligros que no existen, y ves fantasmas en tus propios dedos. ¿Qué te pasa?
Federico, levantándose como con necesidad de expansión.
¡Ay, Augusta! Yo no puedo vivir así; yo tengo sobre mi alma un peso insoportable. Déjame explayarme contigo, y no te asustes si digo algún despropósito..., algo que no ha de serte grato. Se ha complicado esto de tal modo, que es preciso echar una víctima al monstruo, al problema, y la víctima, ó mucho me engaño, ó seré yo.
Augusta.
¡Por Dios, querido mío, no hables de víctimas! Es hasta de mal gusto... En todo caso, la víctima sería yo, como la más culpable: tú eres hombre, eres libre. Yo soy mujer casada, y falto á mis deberes.
Federico.
Tú no. Por alborotada que esté tu conciencia, no hay en ella las luchas que agitan la mía. Yo no puedo acabar en bien. Lo menos malo que me podrá pasar es que perezca. Por desgracia mía, quizás la víctima que presiento será Tomás. (Con desvarío.) Porque, tenlo por cierto, si me insulta, cree que le mato. El derecho suyo á injuriarme, y la justicia con que lo haría, si lo hiciera, me son insoportables.
Augusta, horrorizada.
¡No hables así, por Cristo! Me pones enferma. ¿Pero qué ideas traes hoy, querido mío?
Federico.