Tú contéstame á lo que te pregunto: Si yo matara á tu marido, bien en duelo, bien en defensa propia, ¿qué harías?

Augusta, cubriéndose el rostro con las manos.

Cállate, que me vuelves loca. ¿Y si él te matase á ti? Esa es otra. ¡Jesús de mi vida! No quiero pensarlo. ¡Pesadilla horrenda!

Federico.

¿Y si te matara á ti? Según la justicia vulgar, eso sería lo más derecho.

Augusta, con aflicción.

¿A mí? ¿Por qué? ¿Porque te quiero? ¡Oh!, no...; no es motivo suficiente. La idea de morir me horroriza. El sentimiento místico no cabe en mí. Quiero vivir, ¡ay!, y gozar de la vida que Dios me dió. Me son antipáticas las ideas trágicas y las emociones lúgubres: las proscribo de mi cerebro y de mi corazón como algo que no es de buen tono. Cállate, si quieres que yo no me arrepienta de haber venido á pasar este rato contigo.

Federico, caviloso, con idea fija.

Pues de los tres, tenlo por seguro, alguno ha de caer.

Augusta, envalentonándose.