Por Dios, basta ya de cosas lúgubres. Yo quiero vivir y que vivan todos: que viva él, tan bueno, tan humano; que vivas tú, perdulario mío, porque te quiero y me haces falta. Tu existencia me es tan necesaria como la mía propia. Que viva yo; también soy de Dios, y aunque mala, no me resigno á morirme... ¡Ay, la vida me gusta!
Federico, con gran desaliento.
También á mí me gustaba cuando te enamoré y me correspondiste. Pero ya me pesa, me hastía... ¿No lo comprendes? ¿Te parece un vislumbre de romanticismo trasnochado? Esto de que el vivir le cargue á uno se ha hecho algo cursi; mas no deja de ser verdad en ciertos casos. Figúrate tú: cuando las dificultades de la vida se complican de modo que no ves solución por ninguna parte; cuando, por más que te devanes los sesos, no encuentras sino negaciones; cuando nada se afirma en tu alma; cuando las ideas que has venerado siempre se vuelven contra ti, la existencia es un cerco que te oprime y te ahoga.
Augusta.
Alma mía, estás trastornado de tanto cavilar en pamplinas. ¿Has pasado malas noches? ¿Estás enfermo? Cuéntame. Descansa en mí. Reposa tu cabecita sobre mi hombro, y échame para acá, una por una, esas terribles penas. Verás cómo resulta que todas ellas son unas grandes necedades. ¿Tienes ó no confianza con tu dama?
Federico, para sí.
Si le digo que no, me comprenderá menos. Más vale callar. (Recuesta la cabeza sobre el hombro de su amada, y cierra los ojos.)
Augusta.
Serénate. Yo te refrescaré las ideas, que están irritadas y ardientes de tantas vueltas como les has dado en el cerebro. No hay cosa peor que no tener un amigo á quien contarle todo lo que nos pasa. Tú te empeñas en ser reservadito con tu dama, y ahí tienes, ahí tienes el resultado, (Pausa.) ¿Por qué callas? ¿Misterios tenemos, y conmigo? No salgas ahora con la evasiva de que estás así por el asunto de tu hermana. No es para tanto.
Federico.