Augusta, recelosa.

¿Qué chifladuras estás rumiando ahí? Chico mío, hemos convenido en que no tienes ya por qué darle á las cavilaciones. (Echándolo á broma.) Estás como quieres, tonto, gandul. Recuerda que eres mi chulo, y que te llevo la comida á la cárcel.

Federico, nervioso y afectado.

Esa broma es de muy mal gusto.

Augusta.

No te lo parecía antes... (Con seriedad.) En resolución, no te permito poner esa cara de deudor insolvente. Ya no tienes quien te ahogue. La confianza ha establecido la mancomunidad de nuestros bienes. Con lo que he guardado para ti, cátate resuelto el problema del momento, ¿sabes? Y luego tu desconcertada administración se regularizará con aquel ingenioso arbitrio que discurrió Tomás después de la entrevista con tu padre.

Federico.

Fácilmente, con tu jarabe de pico, arreglas tú todas las cosas, aun aquellas que no tienen arreglo.

Augusta, enérgicamente.

No; no puedo creer que persistas en la simpleza de rechazar eso. Si lo haces, es que no me quieres, ni estimas en nada mi felicidad. No me cabe en la cabeza tal obstinación, ni esa clase de orgullo tan tonto y tan... finchado.