Federico, inquieto.

Siento aquello..., lo indefinible de que te hablé antes. (Se levanta y pasea por la habitación.) ¡Triste de mí, con qué furia me acometen mis ideas estos centinelas incansables que me vigilan, que me cercan de día y de noche! Pasó la efervescencia nerviosa, se apagó la ilusión de momento, y ya estamos otra vez en el suplicio de la rueda obscura.

Augusta.

¿Qué hablas ahí?

Federico.

No digo nada.

Augusta.

Cuéntame lo que piensas.

Federico, secamente.

No es bueno para ti que intervengas en mis asuntos. Contra mi voluntad, por efecto de no sé qué fatales emergencias de la vida, una muralla se levanta entre tu persona y la mía. El amor la destruye á veces...; no es que la derribe, es que la transparenta. El amor cree haberla destruido porque se ve..., nos vemos las caras de una parte á otra; pero no podemos juntarnos: la muralla es dura como el diamante.