Augusta, rompiendo á llorar.

¡Dios mío, qué desgracia querer á este hombre, quererle así... Y no poder yo arrancarle de mi alma, como debo y como él se merece!

Federico, aproximándose á ella.

Aborréceme de una vez. Y así quedaremos francos para hacer cada cual nuestra santa voluntad.

Augusta, con vivísima expresión en la voz y gesto.

No sé aborrecer...; pero sabré arrancarte de mi corazón y arrojarte á la indiferencia. Estúpido, tú te lo pierdes. Consúmete en la miseria; vive como los tramposos, sin familia, sin hogar casi, acechando la suerte, perseguido de acreedores, sin saber por qué calle pasar, porque en todas temes que salga una fiera con las garras afiladas; anda, sigue, corre, diviértete; devánate los sesos calculando cómo aplacar á este usurero, cómo entretener al otro, cómo engañarles á todos; pásate la vida aparentando bienestar y alegría, de casa en casa, y en realidad más pobre y más angustiado que los infelices harapientos que piden limosna por las calles.

Federico, que se sienta al otro extremo de la mesa, volviendo la espalda á Augusta.

Sí, ese es mi destino. Qué quieres; viviré así..., mientras viva.

Augusta.

Buen provecho. Imposible hacer carrera de ti. Esto me desilusiona de una manera horrible. Hemos concluído. Ya era tiempo... Por culpa tuya es... Esta noche nos despedimos para siempre.