Para mí es indudable que sí.

Villalonga.

¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que daría yo cualquier cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.

Malibrán.

Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que presumen de inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan á la Virgen. El mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es sugerirles una buena elección.

Villalonga, con seriedad.

Amigo Malibrán, como amigos de la casa, debemos desear que se corte el escándalo y se eche tierra al asunto. No sé si Orozco se dará por entendido ante el público del descarrilamiento de su mujer. Es probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este mal paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy circunspecto, muy metido en su concha, y sabe tragarse en silencio la cicuta. Se me figura, por algo que he olfateado esta tarde, que Cisneros intriga subterráneamente á fin de ahogar el escándalo. A nosotros, amigos leales de la familia, nos corresponde coadyuvar á esta obra benéfica del gran castellano viejo. Desmintamos las especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor de esta casa, y saquemos á la pobre Augusta del pantano en que ha caído.

Malibrán.

¡Diantre! (Caviloso.) Pues si ella lo agradeciera...

Villalonga.