Augusta.

La magulladura que me hice en la muñeca cuando forcejeamos para quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana siguiente.

Felipa.

A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me duele bastante.

Augusta.

He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque nadie lo ha puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para los que me creen asesina.

Felipa.

El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas. D. Tomás se creerá lo del lacre.

Augusta, con profunda tristeza.

¡Ay! ¡Si vieras tú qué recelosa estoy de que lo sabe todo, aunque aparenta ignorarlo! Tengo mil motivos para conocer su penetración, que en ciertos casos supera á cuanto se puede decir. No obstante su tranquilidad, que me hace dudar... «Si lo sabe, me pregunto yo, ¿por qué no me lo dice? Su calma, ¿es la expresión más refinada del desprecio que le merezco, ó significa una situación de espíritu muy diferente?» Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener pesadillas horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo real de lo soñado. Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida la terrible escena, lo mismo, Felipa, lo mismo que la vimos tú y yo. De que esto fué imaginario no tengo duda. Pero después..., y aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha quedado en mí, aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues oye. Me levanté..., fuí al despacho de Tomás y llamé á la puerta. El dijo desde dentro: «¿quién es?», y yo respondí: «soy La Peri». Abrió; entré, y sentándome á su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué atrocidad! Pues he pasado todo el día de hoy revolviendo en mi cabeza aquel acto, y trabajando por poner en claro si fué real ó no. Tengo los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy viendo á Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy La Peri; no vayas á creer que soy tu mujer»; y luego vuelta á contarle cómo y por qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es la duda de si este delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, ó si, en efecto, yo me levanté de mi cama, y fuí al despacho de Tomás, y él me abrió, y hablamos, y...