Felipa, con agudeza.

El tiempo es muy bueno; trabaja sin que se sienta, y del fin de unas cosas hace el principio de otras.

Augusta.

Cada hora que pasa me siento más acongojada y padezco más. Aquella noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror mismo, me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente. Por la mañana me vestí para ir á misa, y cuando Pepe me dió la noticia, me asustó como si fuera una novedad para mí. Hízome el efecto de ver traducida á la realidad una cosa soñada. Desde aquel momento perdí el valor y me descompuse. Postrada en este sofá pasé un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido mi pena inmensa, aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño para ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú que, cuando se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada á aparentar que sólo llorabas al gato de la casa.

Felipa.

¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal comedia.

Augusta.

Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el castigo es desproporcionado á la falta. ¡Luego de la situación esta se derivan tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en mí sentimientos tan extraños, que me pongo á morir cuando entra aquí y me habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común, y su serenidad ni me lastima ni me inquieta; á veces paréceme que le admiro todo lo que admirarse puede, y me pondría de rodillas delante de él para adorarle como á un ser que no participa de nuestras miserias.

Felipa, advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un pañuelo.

¿Qué es esto?