Augusta, conmovida.
No merezco tanta abnegación... Déjame que llore. ¡Ay de mí! Todavía no acierto á dominar la situación en que me encuentro. A ti, que me has ayudado á ocultar mi falta; á ti, que sabes la verdad de esta deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte á boca llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo desproporcionado á la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si fuera castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no. ¡Verle morir así, sin que en su agonía tuviera para mí una palabra de ternura!... ¿No te acuerdas?, parecía que me despreciaba..., ¡á mí que le he querido tanto, que estaba dispuesta á sacrificarle mi posición, mi honor!... El desdén con que me trató después de atentar á su vida por primera vez me ha destrozado el alma, dejándome una herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dió un nombre ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela...
Felipa.
El trastorno, la ofuscación... Si no supo lo que hacia, menos había de saber lo que hablaba.
Augusta.
Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la propia mano, aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como consuelo?
Felipa.
No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido á Dios que me perdone.»
Augusta.
Eso es, perdón á Dios, y á mí que me partiera un rayo. ¿Por qué no me había de pedir perdón también á mí, aunque no fuera sino por este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice que le maté yo. ¡Qué infamia tan estúpida!... Yo estoy muerta de pena y desconsuelo; de pena por él, porque le amé, quizás más de lo que se merecía; desconsolada porque no le volveré á ver, porque murió queriéndome poco ó nada, dejándome afligida y celosa..., sí, celosa... ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible pesadilla!... ¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay tiempo bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.