Felipa.
Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa, tan cierto como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero decir, que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella noche...
Augusta, secreteando.
Ya está prevenida Ramona, y bien recompensada. Esta mañana vino á verme. Confío en que no me faltará. Si la curia hiciera alguna tontería corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo arreglará. Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y quedó en hablarle mañana mismo.
Felipa, casi entre dientes.
Todo irá como en las propias manos del Silencio, y aquí el que más mira menos ve.
Augusta.
¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí de ningún modo podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste. Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en comparación de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando.
Felipa.
No hablemos de eso. Por usted me dejaría yo matar, si fuera preciso.