Augusta.
¿Uno, un hijo solo?... Les libraré más: todos los que tengan.
Felipa.
Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan contentos los pobres. Son unas almas de Dios.
Augusta.
¡Ay!, habla más bajo... Tengo un miedo horrible... Mira si hay alguien en el gabinete.
Felipa, que se asoma al gabinete y vuelve.
Ni una mosca. Podemos hablar sin recelo. Esta mañana fuí, y ¿qué hice? Llevé allá á mi hermana con toda su chiquillería, y atesté de muebles la sala, y ya está Rafael trabajando. Quitamos primero la alfombra, desmontamos la cama, me llevé las botas, el sombrero y vestido de la señorita...; saqué del pupitre los papeles, cartas á medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé á mi casa...
Augusta.
Mejor sería que lo quemaras todo...