Felipa, bajando la voz.
Tranquilícese la señorita. No se ha descubierto ni se descubrirá nada. En cuanto dejé á la señorita aquí, después de lavarle las manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la manga, me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del pobre...!
Augusta, dando un gran suspiro.
¡Ay!
Felipa.
Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una silla.
Augusta.
¿Lo tiraste á la calle?
Felipa.
Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré junto á la valla. Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos lavoteamos las manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa... Examinamos con remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas de sangre; pero no hallamos... ni esto. Los vecinos del principal, únicos que hay en la casa, como si estuviesen en Babia. No se enteraron de cosa ninguna. Verdad que el tiro retumbó muy poco. Lo habrían oído los vecinos si hubieran estado encima; pero, claro, al otro piso no llegó la bulla. Los porteros, sordos, mudos y ciegos: de ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya les pueden echar jueces. Les he prometido que la señorita les librará de quintas al hijo.