ESCENA PRIMERA
Sucesivamente, conforme lo indica el diálogo, entran por la puerta del fondo del salón central Villalonga, El Marqués de Cícero, Aguado, Cisneros, El Conde de Monte Cármenes.
Villalonga, con displicencia.
¡Maldito tiempo! Vamos, que ni esto es invierno, ni esto es Madrid, ni esto es nada. ¡Por vida de!... ¿Cuándo se han visto aquí, en la última decena de Enero, estas noches tibias, este aire húmedo y templado, este cielo benigno?... Otros años, en los días que corren de cátreda á cátreda, como dicen los paletos, el tiempo suele ser tan duro, tan destemplado y variable, que cae la gente como moscas. Pero llevamos un invierno... ¡ay, qué invierno pastelero! Con esta temperatura de estufa, los viejos y gastados se agarran á la pícara existencia, y como no se les dé estricnina... ¡Vaya, que desdicha como ésta!...
El Marqués de Cícero, entrando.
Buenas noches. ¿Qué dice el amigo Villalonga?
Villalonga, con hastío.
Que no se muere nadie, y que así no se puede vivir.
Cícero.
No lo entiendo.