Villalonga.
Considere usted, querido Marqués, que suspiro por la senaduría vitalicia, como término y descanso de una vida de ansiedades... En fin, usted me entiende. Somos cincuenta candidatos. El Presidente, agobiado de compromisos, no puede disponer, hoy por hoy, más que de once vacantes. Si el condenado Enero se portara como teníamos derecho á esperar de su formalidad, nos traería esos vientecillos de rechupete, esos cambios bruscos que son la gala de Madrid. Lo que yo le he dicho hoy al Presidente: «¿Pero dónde están aquellas heladitas, que de una barredura, ras, se llevaban á seis ó siete carcamales, de esos que no aciertan ya ni á ponerse los pantalones?» Él convenía conmigo en que el tiempo se nos ha puesto en contra. ¡Once vacantes, por junto! Nada, amigo Marqués, con tres ó cuatro más podría el Presidente lanzarse á la combinación, y de seguro entraría yo en ella...
Cícero, riendo.
Es gracioso... Pero, hijo mío, todos hemos de vivir...
Villalonga.
Calle usted, calle usted por Dios. Yo no hago más que leer la prensa, á ver si anuncia algún ciclón muy gordo. Y lo anuncia, claro que lo anuncia; pero el ciclón no viene. Créame usted, hay que quitarle al Guadarrama su reputación; tenemos que destituirle y mandarle adonde fué el padre Padilla. ¡Pero si es un dolor, querido Marqués; si podría yo designarle á usted cuatro ó cinco Matusalenes, que están como la fruta muy madura, esperando un vientecillo, un soplo ligero para caerse!...
Cícero.
Y caerán, día más día menos. ¿Y á mí se me cuenta también en el número de los maduritos?
Villalonga, abrazándole.
¡A usted no..., caramba! Está usted hecho un roble... Que seamos compañeros, y por muchos años, es lo que deseo.