Sí... (Se aparta de ella, y pasea por la habitación mirando al suelo. Para sí.) Me he quedado solo, solo como el que vive en un desierto.

Augusta, para sí.

No me ha creído... ¡Y yo noto un vacío en mi alma...! Me siento divorciada, sola, como si viviera en un páramo.

Orozco, para sí.

Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún cuidado me inquieta ya, si no es el de mi propia disciplina interior, hasta llegar á no sentir nada, nada más que la claridad del bien absoluto en mi conciencia.

Augusta, para sí.

He mentido... Su virtud no me convence ni despierta emoción en mí. ¡Divorciados para siempre!... Si viera en él la expresión humana del dolor por la ofensa que le hice, yo no mentiría, y después de confesada la verdad, le pediría perdón. Ningún rayo celeste parte de su alma para penetrar en la mía. No hay simpatía espiritual. Su perfección, si lo es, no hace vibrar ningún sentimiento de los que viven en mí.

Orozco, para sí.

¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida. ¿Flaqueará mi ánimo en esta crisis tremenda? La conmoción interior es grande. ¿Conseguiré dominarla, ó me dejaré arrastrar de este impulso maligno que en mí nace, ó más bien resucita, porque es resabio de mis dominadas pasiones de hombre? (Detiénese detrás de Augusta, contemplándola. Ella no le ve.) ¿Por qué no te impongo el castigo que mereces, malvada mujer? ¿Por qué no te...? (Apretando los puños.)

Augusta, para sí, sobresaltada y recelosa al sentirle parado detrás de ella.