¿Qué hace? No me atrevo á moverme, ni á mirar siquiera para atrás. ¡Dios me ampare!
Orozco, para sí, venciéndose con supremo esfuerzo.
No, no te iguales á lo más miserable y rastrero de la humanidad. Déjala...
Augusta, volviéndose aterrada.
¿Qué? ¿Qué hay?
Orozco.
Nada, no he dicho nada. (Para sí, paseando de nuevo.) No, los brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, la serenidad que adquirí á fuerza de mutilar y mutilar pasiones y afectos miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira de lejos estas bastardías liliputienses. Nada existe más innoble que los bramidos del macho celoso por la infidelidad de su hembra.
Augusta, para sí.
Si en él viera yo el noble egoísmo del león que se enfurece y lucha por defender su hembra..., me sería fácil humillarme y pedirle perdón.
Orozco, para sí.