Orozco, pasando con Aguado al salón.
Apuesto á que todavía están apurando el tema del crimen.
Monte Cármenes, que sale de la sala japonesa.
¡Crimen y siempre crimen! Augusta quiso entrar en la orden del día; pero Teresa se rebeló contra la presidencia, y ahora está haciendo una excursión patibulario-comparativa al campo de la historia, analizando la vida y milagros de la Bernaola, Vicenta Sobrino y otras tales.
Orozco.
Mi mujer se pirra por los crímenes, y Teresa es capaz de traerse el verdugo en el bolsillo. Yo que el Gobierno, crearía con ellas y otras damas la policía judicial que tanta falta nos hace. ¿Verdad, Villalonga?... Venga usted para acá. Parece que está usted de puntas conmigo. Le prevengo que no he dado paso alguno para entrar en la combinación. Es cosa de los amigos de usted. Yo lo agradezco sin solicitarlo, y lo aceptaré si me lo dan, así como me quedaré tan fresco si me lo niegan.
Villalonga, para sí.
¡Valiente jesuitón estás tú! (Alto.) Para mí es cuestión de amor propio y, ¿á qué negarlo?, de conveniencia. Necesito el cargo para bandearme. Estoy cansado de luchar; tengo, como cada hijo de vecino, mi serie de lamentables equivocaciones. Llámelo usted mala cabeza, vértigo político; llámelo usted temperamento anárquico, si le parece mejor. Pero ya voy para viejo, y solicito esa posición para formalizarme y adquirir los hábitos de consecuencia que no tengo. ¿Soy sincero?
Orozco.
Sí. Sólo por su sinceridad merece usted la breva. Yo siento mucho que, sin comerlo ni beberlo, hayamos venido á ser rivales.