Villalonga.
Rivales no. En este caso, hay que hacer justicia al mérito y quitarle el sombrero. La posición, la riqueza de usted justificarían mi preterición, si no hubiera otros motivos.
El Exministro, que ha salido poco antes con ambos Trujillos de la sala de juego, y ha oído lo dicho últimamente por Villalonga, le coge por la solapa y con desentono le dice:
Pero ven acá, impertinente, ¿para qué quieres tú la senaduría vitalicia? ¿Crees que eso se puede cambiar por una Dirección? ¿Crees que eso se da á la gente insegura y á los veletas como tú?
Villalonga, reprimiendo su ira.
¿Y para qué querías tú la cartera, grande hombre pequeñísimo?
Exministro.
¡Yo! ¡Si yo no la quería...!
Villalonga.
Que no..., ¡angelito! Como que si no te la dan te mueres. Cuántas veces, en días de crisis, me dijiste: «Jacinto, por Dios, ¿le has hablado al Presidente? ¿Crees tú que iré yo ahora?» Y al fin fuiste. Y te ayudamos los amigos, jaleándote hasta tres meses después, y dándote un bombo fenomenal. Conque prudencia; que yo no me muerdo la lengua, y en historia contemporánea no me gana nadie.