Ya te afanas porque los muchachos delincuentes tengan un asilo en que se les corrija; ya te interesas por las niñas abandonadas, como si fueran tuyas. Ó bien das en proteger á ingratos, en salvar de la miseria á los que se han arruinado por informales ó tramposos... No, yo no te censuro que seas caritativo y ayudes al prójimo. Pero todo tiene su límite, hasta la bondad. Para todo hay una medida en lo humano.
Orozco.
Vida mía, me juzgas mejor de lo que soy. Mira tú: si cavilo á ratos, es porque recelo no cumplir bien los deberes que me impone mi posición. Algunas noches he dormido mal, porque la conciencia intranquila y como quisquillosa me turbaba el sueño...
Augusta, sorprendida.
¡Tú... con la conciencia intranquila..., tú!... El hombre mejor del mundo. ¡Alabado sea Dios!... (Persignándose.) Tomás, tú no sabes lo que te dices.
Orozco.
En esto de la conciencia, hija mía, cada triunfo que se alcanza trae nuevos anhelos de alcanzar más. Cuando uno se deja entumecer por el egoísmo, la conciencia se atrofia, como órgano sin uso, y hasta llegamos á cometer mil iniquidades sin advertirlo. Pero cuando nos aficionamos, por esta ó la otra causa, á la contemplación de la idea moral y á recrearnos en ella, ¡ay!..., entonces, Augusta, mientras más horizontes se ven, más nos gusta avanzar para reconocer, descubrir y conquistar espacios nuevos.
Augusta, para sí.
Ya tenemos en planta la idea fija de estas últimas noches...
Orozco.