Te digo que la música me ha puesto triste...

Augusta, alarmada.

¿Tú triste?... ¿Por qué?... ¡Ah!, la pícara imaginación. Es que de algún tiempo á esta parte cavilas demasiado, y te fijas más de lo conveniente en asuntos que por tu posición debieras mirar con calma. Ahí tienes por qué te desvelas tan á menudo. Cuando no se duerme bien, querido, toda la máquina anda mal, y el espíritu más valiente se desmaya.

Orozco.

De veras que duermo mal, y no sé á qué atribuirlo. Ello debe de ser contagioso, porque tú también, al menos anoche, estuviste muy despabilada.

Augusta.

Es que cuando te siento despierto, yo no puedo dormir... No creas, á mí no me importa. Resisto perfectamente el insomnio. Este cerebro mío no trabaja ordinariamente lo que el tuyo. A ti te pasa lo que á muchos que, hallándose dotados de grandes energías, no saben en qué emplearlas, por haberse encontrado resueltos los principales problemas de la vida. No hay ningún asunto grave, de tu propio interés, que ocupe tu ánimo, y para llenar este vacío buscas fuera mil extrañas cosas, y te las apropias, y les das un calor que no debieran tener para ti.

Orozco, aparte, ensimismado.

¡Qué lejos de mí, pero qué lejos, veo á mi mujer!

Augusta.