Orozco.
Bueno, pues yo no puedo consentir que estés desvelada por acompañarme. Ya que no tienes nada en qué pensar, porque tu conciencia no chista, recógete y duérmete. No me levantaré, para que no estés inquieta por mí. Acuéstate, y si no te entra sueño, hablaremos un poco de cama á cama. (Augusta se acuesta.)
Orozco.
¿Sabes en lo que pienso ahora? En la carta que he recibido hoy de Joaquín Viera, el padre de Federico.
Augusta, con viveza.
¿Sí?..., ¿y qué es?
Orozco.
Pues me dice que llegará aquí del 26 al 28, y que viene á tratar conmigo de un asunto de intereses.
Augusta.
Sablazo seguro. Por amor de Dios, Tomás, ponte en guardia.