Me juzgas á mí por ti mismo. Indeliberadamente, atribuimos á los demás nuestras propias cualidades.

Federico.

En este caso, el listo eres tú..., y yo también un poco, porque adivino de qué quieres hablarme.

Infante.

Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta una idea fija, nos arrimamos á las personas que pueden darle pábulo. Es una necesidad del alma. Sí..., confieso que te busco para charlar, pero siempre con ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en mi prima.

Federico.

Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas convencido y satisfecho.

Infante.

Lo estoy por lo que á ti se refiere. Te he borrado de la lista de sospechosos; pero puedes volver á ella cuando menos lo pienses. Te absuelvo libremente, pero quedas sujeto á las resultas del proceso... Y en cuanto á ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado ante la laguna Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas noches he puesto varias trampas. Hubo momentos en que creí ver caer en ellas á Malibrán, á ti, al oficialito de Artillería, al propio Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie. Todos los indicios son tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.

Calle.