Federico.

Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría infeliz la idea de agraviar y deshonrar á un hombre tan bondadoso, tan digno de respeto y amistad. Dime: ¿eres tú de los que ven en Orozco un hipócrita, un egoistón lleno de camándulas?

Infante.

No; yo no creo eso: le tengo por persona estimabilísima. Pero te diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada ya. Si ahora me dijeran á mí: «Infante, ahí tiene usted el caos. Fabrique usted la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita á los principios eternos», cuenta que lo arreglaría á gusto tuyo, á gusto de todos los sensatos y escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya, con multitud de repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro vejestorio entrado en siglos, con sus reservas, sus distingos, sus ondulaciones, yo no he de ponerme en ridículo haciéndome el apóstol de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo que yo; pero por afán de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.

Federico.

Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan desquiciado, tengo yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la sigo; pero en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene á ser un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero firmes y claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé que no tengo autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá; por eso te digo lo que los curas dicen: «Haz lo que te predico y no lo que yo hago...» ¡Pero si hallarás por ahí mil mujeres á quienes puedes aplicarte!... Busca otra, que las hay con maridos tontos ó merecedores de que se les burle. Pero á esa déjala..., déjala.

Infante.

¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino en conciencia amplia, la única que podemos tener...; crees en conciencia amplia, que es villanía engañar sin escándalo á Orozco?

Federico.

En conciencia de todos tamaños lo creo. Dejemos la moral alta, y vengamos á la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohibe.