—¿Qué?

—No me puedo casar... ¡Imposible, imposible!... ¿Pues qué?, ¿así se pasa por encima de una falta tan grave? Mi conciencia no me permite engañar a ese hombre de bien... Ya sé lo que tengo que hacer. Ahora mismo voy a mi casa; le escribo una carta, una carta muy meditada, diciéndole: «no me puedo casar con usted por esto, por esto y por esto».

—Siempre se te ocurre lo peor—indicó Polo con aparente tranquilidad—. Me parece tu plan muy absurdo... No, ya no tienes más remedio que apechugar con él. Negarte ahora, después de haber consentido y de haber callado por tanto tiempo tus escrúpulos, sería una deshonra. No, no cásate... No demos ahora un escándalo.

La relajación que se desprendía de este plural no demos hirió tanto a la joven, que desconcertada y transida de horror, no supo qué decir. Él no le dio tiempo a reflexionar sobre aquel mal cubierto propósito, siguiendo así:

«Comprendo que esto debe concluir; comprendo que yo debo sacrificarme... porque soy el más criminal. ¿Pero tú no te sacrificarás también un poquito?».

—¿Yo, cómo?—preguntó ella sin comprender.

—No despidiéndome como se despide a un perro. Hace poco dijiste que no quieres a tu novio. Si deseas que yo te obedezca en esto de quitarme de en medio, no me hagas creer que tampoco me quieres a mí, porque entonces lo echaré todo a rodar. Si te conviene que yo tenga fuerzas para ese acto heroico que me exiges, dámelas tú.

—¿Yo?, ¿cómo?

Amparo le habría dado un bofetón de muy buena gana.

«¡Así!...—gritó el bruto con salvaje ímpetu de amor, estrechándola en sus brazos—. Si me dices que quieres a ese pelele más que a mí... ahora mismo, ahora mismo, ¿ves?, te voy apretando, apretando hasta ahogarte. Te arranco el último suspiro y me lo bebo».