Y conforme lo decía lo iba haciendo, iba oprimiendo más y más, hasta que Tormento, sofocada y sin respiración, dio un grito: «¡ay... que me ahogas!...».

«Concédeme un día, un día nada más. Yo te doy una vida entera de tranquilidad y no te pido más que un día».

Pero ella, sofocadísima, sacaba los últimos restos de su aliento para decir: «no».

«¡Sí!»—gritaba él con brutal anhelo.

—Que no.

—¡Un día!

—Ni un minuto.

—¡Ah... perra!

Frenético aflojó los brazos... Era aquello un ataque de insano furor espasmódico... Amparo saltó despavorida, buscando la salida otra vez. No hallándola y recorriendo toda la casa, fue a dar al cuarto donde estaba la enferma. Aquel sitio la pareció lugar sagrado, donde podía disfrutar el derecho de asilo. Arrimose al único rincón libre que en la habitación había, y esperó. Los labios de la enferma balbucieron algo, entre queja y curiosidad. Pero Tormento nada decía, se había quedado sin palabra. Poco después entró él.

«¿Qué tal, Celedonia?».