—Ahora dormía un poquito; pero me han despertado con el ruido... ¡Qué cosas!... ¡retozando aquí!...—tartamudeó la enferma, despabilándose y mirando a las dos personas que en su presencia estaban—. ¡Retozando aquí!... ¡Dónde y cuándo se les ocurre pecar!... ¡a la vera de una moribunda...!
—Si no pecamos, tonta, viejecilla—dijo Polo con cariño—. ¿Quieres tomar algo?
—Quiero pensar en mi salvación... Condénense ustedes si gustan; pero yo me he de salvar... Me muero, me muero... Mande recado al padre Nones y déjese de retozos.
—Ya vendrá Nones, ya vendrá. Pero no estás tan mal. El médico dijo esta tarde que eso se te pasará.
—Tan lila es el médico como usted... Perdido, sin vergüenza... quite allá; no me toque... Me parece ver al Demonio que me quiere llevar...
—¿Bromitas tenemos?—dijo Polo, arropándola—. Pues mira, te voy a poner otra vez las bayetas calientes. ¿Tienes dolores?
—Horr...rrorosos...
—Tormentito, vas a ir a la cocina a calentar las bayetas. Debe de haber lumbre. Viejecilla, no seas mal agradecida, ya ves que esta pobre viene a cuidarte. ¿No ves que es un ángel?
—¿Ángel?—murmuró la anciana, mirando a ambos con extraviados ojos—. De las tinieblas, sí. Buenos están los dos. Pero no me llevarán, no me llevarán... Que venga el padre Nones, que venga pronto.
Amparo fue a la cocina. No podía negarse a prestar un servicio tan fácil y tan cristiano al mismo tiempo. Entre tanto, el bruto atendía a remover el dolorido cuerpo de la enferma, a mudarle los trapos y vendas que envolvían sus hinchadas piernas. Mostraba en ello una delicadeza y una habilidad como sólo las tienen las madres y los enfermeros que se habitúan a tan meritorio oficio.