«Ahora te voy a dar una taza de caldo»—le dijo; y corriendo a la cocina, mandó a Tormento que lo calentase.
Aplicadas sobre aquel pobre cuerpo las bayetas, amén de unturas varias y algodones, el bárbaro le dio el caldo acompañando su acción de palabras muy tiernas: «Vamos, poco mal y bien quejado. Ahora te vas a dormir tan ricamente. ¿No tienes ganas? Haz un esfuerzo; estás muy débil. Este caldo te lo vas a tomar a nuestra salud, a la salud mía y de la señorita Amparo, que ha venido a cuidarte. Con que... ¡a pecho!... Bien, bien. Descansa ahora; no te doy más cloral esta noche, porque te puede hacer daño».
La vieja, delirando, mezclaba las risas con los lamentos, y acariciaba con sus torpes manos una cruz pendiente de su cuello. «¡Ay... ay!... ¿Quieren llevarme?... Sí, para ustedes estaba. Este, este que está en la cruz me defenderá».
Cuando la enferma se aletargó, Polo dijo por señas a Amparo que saliera. Ambos volvieron a la sala. Durante aquel triste paréntesis, que de un modo tan extraño interrumpiera su angustiosa lucha con el monstruo, la medrosa había pensado que no debía esperar nada de él por medio de conferencias y explicaciones. Grandísima simpleza había sido visitarle. No tenía ella diplomacia, ni sabía sortear las dificultades por medio de palabras mañosas. No le quedaba ya más recurso que escapar de la casa como pudiera y entregarse a su mísero destino. Ya conceptuaba imposible la boda; ya no podía dudar que aquel caribe daría un escándalo... La deshonra era inevitable. Tendría que escoger entre darse la muerte o soportar la ignominia que iba a cubrirla como una lepra moral, incurable y asquerosa. Todo era preferible a tratar con semejante fiera y a sufrir sus bárbaros golpes o sus repugnantes caricias. Desesperada, luego que estuvieron en la sala, le dijo con serenidad:
«Nada más tenemos que hablar. ¿Me dejas salir?».
—Antes encenderemos una luz. Casi es de noche. Hazme el favor...
Le señaló la bujía que sobre la cómoda estaba, juntamente con la caja de cerillas.
«La llave de la puerta, la llave—gritó Tormento luego que encendió la luz—. Quiero salir, me estoy ahogando».
—Calma, calma. Hazme el favor de cerrar las maderas de la ventana... Y no me vendría mal que cogieras ahora una agujita y me cosieras este chaleco... ¡Holgazana! Quiero hacerme por un momento la ilusión de que eres el ama de la casa. Debieras prepararme la cena y cenar conmigo.
—No estoy para bromas... ¡La llave!