Su respuesta fue un abrazo, apretando, apretando...
«Dime que me quieres como antes y te dejo salir,—declaró en aquel infernal nudo—. Si no, te ahogo...».
—Mejor... prefiero que me mates—murmuró la infeliz, llegando a tener idea de las horribles contracciones del boa constrictor.
—¿Bromitas tenemos?... ¿Con que matarte, reina y emperatriz del mundo?... Vaya, di que me quieres...
—Bueno, pues sí—replicó la medrosa, sintiendo otra vez la necesidad de ser diplomática.
—Dilo más claro.
—Te... quiero—declaró cerrando los ojos.
—No, lo has dicho de mala gana. Pronúncialo con calor y mirándome.
Ya Tormento no tenía paciencia para más. Iba a gritar con brío: «Te aborrezco, bestia feroz»; pero aún supo contenerse, midiendo las consecuencias de una frase tan terminante. Hizo un desmedido esfuerzo y pudo expresar esto:
«¿Cómo quieres que... te quiera con estas brutalidades?... Para quererte sería preciso... que te portaras de otra manera».