—Ahora mismo...

—¡Qué prisa! Lo mismo da un día que otro.

La infeliz parecía un tanto aliviada con la alegría de ver al cura.

«Ea—dijo Nones con mucho gracejo a los dos hermanos—, váyanse ahora ustedes dos a retozar por ahí fuera, que Celedonia y yo tenemos que hablar. Se le ha despejado la cabeza; aprovechémoslo».

XXXI

Los dos hermanos salieron para volver a la sala. Cuando en ella entraron, la dama delante él detrás, mudo y con las manos cruzadas a la espalda, la mujer de caoba hizo un movimiento de susto y sorpresa, diciendo en el tono más desabrido que se puede oír:

«No me lo niegues ahora. He sentido bien clarito el ruido de faldas, como de una mujer que corre a esconderse».

—Ea, no tengo ganas de oírte... Déjame en paz...

No hallándose presente el padre Nones, que tanto le cohibía, el ex-capellán contestó a su hermana con gesto y expresiones de menosprecio.

«Te digo que está aquí».