Polo no dijo nada sobre esta opinión. Sintieron los gemidos de Celedonia. Los tres fueron allá.
Al entrar en el angosto cuarto, la pobre mujer padecía horriblemente. A la incierta luz de la lamparilla, su semblante lívido, acariciado por la muerte, era la fría máscara del dolor que casi infundía más espanto que compasión. Su cerebro estaba trastornado.
«¿Qué tiene la viejecita?—le dijo el bárbaro con cariñosa lástima—. ¿Quieres un poco de cloral?».
—¡Ay!...—gritó ella, mirando a todos con extraviados ojos—; parece mentira que aquí, en este hospital... ¿Pero todavía están los dos tórtolos retozando...? ¡Qué modo de pecar!... Yo me muero: pero no me llevaréis, no. Que venga Nones.
—Si está aquí, ¿pero no le ves?
—¿Es de veras el padre Nones?—balbució la enferma abriendo mucho los ojos.
—Sí, yo soy, pendón... ¿Que te quieres morir?—dijo el buen clérigo—. Eso no puede ser sin mi permiso.
—Retozando...—repetía Marcelina, atormentada por su idea fija.
—¿Es usted D. Juan Manuel...?, ya le veo... ya le veo...—tartamudeó la enferma con súbito despejo—. Gracias a Dios que me viene a ver. ¿Quiere confesarme?
—¿Ahora?, déjalo para mañana.