—Es una puerta que está condenada. Da a la casa inmediata.
Marcelina miró a su hermano con severa incredulidad.
—Ábrela.
—Pero, señora, si está clavada—dijo Nones poniendo los brazos en cruz—. ¿También quiere usted echar abajo el edificio?
—Si deseas registrar toda la casa...—indicó D. Pedro.
Volvieron a la sala.
«¿No pasas a ver a Celedonia? Se alegrará la pobre mujer».
—Sí, entraré un momento, pero no largo, porque no tengo corazón para ver padecer a nadie.
—Ahora me parece que descansa un poco.
—Es realmente un mérito tu caridad con esa mujer... Pero no creas que vas a borrar tus pecados: méritos pequeños no limpian culpas grandes... Por mi parte, me gustaría mucho asistir enfermos, revolver llagados y variolosos, limpiar heridos... pero no tengo estómago. Cuando lo he intentado me he puesto mala. También se auxilia a los desgraciados rezando por ellos.