—Señora, señora—gritó Nones—, que nos pone usted a todos en un compromiso.
—Y es más, y digo más—añadió la hermana irritadísima, husmeando el aire—. Sostengo que está aquí todavía.
Diciendo esto, fijaba sus apagados ojos en la puerta de la alcoba.
«Juraría que he sentido ahí run-run de faldas que se escabullen...».
—Tú estás delirando, mujer.
—Pues abre.
Resueltamente fue Nones hacia la alcoba y abrió la puerta, diciendo:
«Pronto vamos a salir de dudas».
Polo tenía la luz, y dio algunos pasos dentro de la estancia. Marcelina miró con ávida curiosidad a todos lados. Humillose hasta arrastrar sus miradas por debajo de la cama, tras de los muebles, tras la percha cargada de ropa.
«Allí hay una puerta...—dijo, señalando a la del cuartito—. Juraría que oí...».