«¡Ah!... no sé... será de... Sin duda es de una persona que estuvo aquí esta mañana, la hermana de Francisco Rosales el tintorero».

—¡Buena la hemos hecho!—exclamó Nones dando fuerte palmetazo en el hombro de su amigo.

—Yo conozco esta mano—afirmó Marcelina examinando el cuerpo del delito, pendiente de un dedo.

Después lo sopló para hincharlo con aire y ver la forma de la mano.

«Toma, guárdalo: yo no quiero estas pruebas materiales de tus infamias, porque no he de utilizarlas para nada. Pues si yo fuera mala, si yo quisiera hacer daño a esa joven...».

—Basta, señora—dijo expansivamente don Juan Manuel—, todos sabemos que es usted un ángel.

—Sí que lo soy—replicó ella, castigando la rodilla del clérigo con su abanico—. Todas las ocasiones no son para bromitas, Sr. de Nones. No soy yo ángel ni serafín; pero sí mejor que muchos... ¡Si yo quisiera hacer daño...! ¡Ah!, dos cartas poseo de esa casquivana, dos papelitos que te envió y que te quité cuando reñimos y nos separamos. Los conservo como oro en paño, pero mientras yo viva no los verán ojos nacidos. Pues si yo quisiera dárselos a Rosalía Bringas, ¿qué perjuicios no podría causar...? Mas no soy vengativa; tú y la dichosa niña podéis estar tranquilos.

—Así me gusta a mí la gente—dijo Nones—. Por ahí se va al Cielo, señora.

—Pero de eso a ser tonta va mucha diferencia—prosiguió la dama, encarándose enojadísima con su hermano—. A mí no me engañas tú ni nadie. Esa... no quiero decir una mala palabra, ha estado hoy aquí.

—No digas absurdos—respondió Polo en el colmo de la zozobra.