—¡Qué disparate!—volvió a decir Polo, fatigadísimo y consternado.

—Señora—indicó el simpático Nones—, que nos va usted a hacer llorar.

—Pues si estuviera llorando este pecador tres días seguidos, nada perdería... Vuelvo a lo que estaba diciendo... ¡Ah! Ya sabrás que el mes que entra se casa la niña. Todas las malas personas tienen suerte. ¡Chasco como el que se lleva ese bobalicón...!

—Señora, no se habla mal del prójimo.

—Déjeme usted seguir... ¡Y qué regalos! Rosalía Bringas me los ha enseñado todos. Esta mañana la encontré en la Buena Dicha y se empeñó en que había de ir con ella a su casa. No pude desairarla, y allí nos estuvimos charla que charla lo menos dos horas, Obsequiome con una copita y bizcochos...

—Señora, eso de las copitas me parece peligroso, y ocasionado a hablar más de la cuenta.

—Siento mucho,—dijo Polo—, que esa señora y tú hablarais de lo que no os importa...

Al llegar aquí, Marcelina, que fijamente miraba al suelo, inclinose y sin hacer aspavientos de sorpresa recogió un objeto arrojado y como perdido sobre la estera. Era un guante. Tomándolo por un dedo lo mostró a su hermano, y dijo con frialdad inquisitorial:

«¿De quién es este guante?».

Polo se turbó.