—Mira que el vapor sale de Marsella el día 8, y si quieres alcanzarlo tienes que echar a correr mañana mismo.
—Pues mañana mismo.
—Así me gustan a mí los hombres—declaró Nones dando afectuosa palmada en el hombro de su amigo.
—Gracias, gracias infinitas doy al Señor—expresó la piadosa hermana con vehemencia, por esta determinación tuya. A ver si allá vuelves a ser lo que eras, y te enmiendas, y te purificas. No te faltarán modos de hacerte bueno y meritorio, porque hay por allá mucho salvaje por convertir.
—Lo primero—dijo Nones con sorna—es que se nos convierta él y se nos formalice, que a los demás salvajes, señora mía, no faltará quien los meta en cintura.
—De suerte, querido y desgraciado hermano que ya no te veré más—manifestó ella conmoviéndose y elevando un poco su mano en dirección de sus ojos, los cuales de fijo habrían llorado si no fueran de madera—. ¡Oh!, todo acabó, para mí. Gracias que me consuelo con mis ideas. Hágome la cuenta de que estoy en un convento muy grande, que las calles de Madrid son los claustros, que mi casa es mi celda... Voy y vengo, entro y salgo, aisladita en medio del tumulto, callada entre tanto bullicio... En esta vida solitaria los afectos de familia siempre viven en mí... Por mucho que piense en Dios, no puedo dejar de querer a mi hermano, y la idea de los trabajos que le esperan en aquellas tierras me hará pasar muy malas noches... Oyendo misa esta mañana, me decía yo: «Pero Señor, ¿este hombre no podrá corregir sus pasiones, no podrá enfrenarse a sí mismo como han hecho otros que han llegado a ser santos? ¿Tan débil es, tan poca cosa, que se dejará dominar por un vicio asqueroso?» ¡Ay!, hermano, no cabe el odio en mi corazón; pero hay momentos, el Señor me lo perdone, hay momentos en que peco, sin poderlo remediar; peco acordándome de la buena pieza que te ha trastornado la cabeza, apartándote de tus deberes; sí, peco, peco... peco porque me da rabia...
—Señora—dijo el simpático Nones—, no nos aflija usted ahora con sus sentimientos, que hartos motivos de duelo tenemos. Mi amigo Perico se nos va mañana. El rato que de su compañía nos queda empleémosle en agasajarle y en mostrarle nuestro cariño.
—Es que no me fío de él, no me fío—añadió la excelente señora mirándole como se mira a un niño de quien se sospechan travesuras—. Usted le conoce tan bien como yo, y no ignora sus mañas. Por Celedonia supe que antes de ir al Castañar, recibió aquí a esa... Sr. de Nones, no sea usted tan santo, no se haga usted el bobito. Bien sabe usted que hace un rato, cuando subíamos esa cansada escalera, dije yo que me parecía haber sentido voz de mujer, y usted se echó a reír y... recuerde bien sus palabras: «todo podrá ser... nada hay nuevo debajo del sol... en efecto me huele a fémina».
—¡Qué disparate!—balbució Polo, a quien un sudor se le iba y otro le venía.
—Podrá ser disparate; pero tú das lugar a que de ti se piense siempre mal. ¡Ay!, hermano mío, la idea de que puedas condenarte me pone enferma. Hace pocas noches soñé que te habías ido, y que allá en unas tierras de indios, donde hay árboles muy grandes y olor a canela, clavo y alcanfor, estabas tu, ¡ay!, en una choza, y que te morías, sí, te morías de horribles calenturas. Pero lo que a mí me espantaba era que te morías pensando en esa maldita mujer, con lo cual dicho se está que Dios no te podía perdonar... Créeme, hermano, desperté acongojada, con unos fríos sudores... En mi vida he sentido angustia mayor.