El escueto y rechupado clérigo, la señora con cara de caoba y vestido negro, tomaron asiento en la sala. El primero parecía haberse escapado de un cuadro del Greco. La segunda estaba emparentada con los Caprichos de Goya.
«Pero, di, caribe, ¿todavía no te has quitado esas barbazas de Simón Cirineo?—dijo la hermana al hermano—. ¿No te da vergüenza de que la gente te vea en esa facha?».
—Es que se está equipando de misionero, señora—observó el indulgente y jovial Nones sacando su petaca—. ¿Y cómo está esa pobre?
—Muy mal. Ahora parece que duerme un poco.
—Vamos a cuentas—dijo Marcelina, clavándose en un extremo del sofá—. El Sr. D. Juan Manuel y yo hemos arreglado todo. Por la calle me venía diciendo este bendito: «Es preciso tener mucho cuidado con ese pedazo de bárbaro. Se me escapó de la dehesa para volver a las andadas. Cada día que pasa sin que le empaquetemos para los antípodas, corre más peligro de perderse y darnos a todos muchos disgustos». ¿Es verdad esto, padre?
—Es el Evangelio—replicó Nones risueño.
—Bueno, bueno—añadió la consabida—. Ya hemos arreglado tu viaje. Gracias a una señora que vive conmigo, he reunido lo del billete. Con lo que te dieron esta mañana los prenderos por aquellos trastos y lo que te facilita este señor de Nones... anticipándote lo que te debe el Ayuntamiento... dale las gracias, hombre; con todo eso, digo, tienes para lo que se te puede ofrecer por el camino. Te he buscado cartas de recomendación.
«Y yo le doy una que es como pan bendito»—interrumpió D. Juan Manuel.
—En cuanto llegues, tomas posesión de tu destino, que es, según dicen, una ganga. Ahora, contesta. ¿Estás decidido a marcharte?
—Sí—afirmó Polo con resolución.