Polo, que estaba en pie, le volvió la espalda pero ella dio una vuelta hasta ponérsele delante. En su delirio, llegó hasta tomarle una mano, inclinándose ante él...
«Por Dios y la Virgen... no me deshonres, no me pierdas, no reveles nada de este secreto, que es mi muerte; no veas a nadie... Que lo pasado sea como si hubiera sucedido hace mil años; que ningún nacido lo sepa... Tú no eres malo; no eres capaz de cometer una infamia... lo que debes hacer...».
—Sí, ya sé, ya sé—murmuró él dando otra vuelta para ocultar su rostro—. Lo que tengo que hacer es... echarme a rodar lejos, lejos...
Con rápido movimiento apartose de ella y entró en la alcoba. Amparo no quiso seguirle. Desde la sala vio allá dentro un bulto, arrojado en negro sillón, la cabeza escondida entre los brazos y estos apoyados en un lecho revuelto; y oyó bramidos, como de bestia herida que se refugia en su cueva.
XXX
Dudaba Tormento si entrar o retirarse. «Creo que le he vencido—pensaba—; pero aún no estoy segura. Lo que me da esperanzas es que él no hace nunca las cosas a medias. Si hace maldades no se para hasta lo último; si la da por el bien, capaz es de llegar a donde llegan pocos». La fiera reapareció súbitamente, demudado el rostro, las manos trémulas.
«¡Ah!, ¡perra!—le dijo—, si no te quisiera como te quiero... Todavía, todavía sé valer más que tú, y ponerme en donde tú no te pondrás nunca. ¡Hablas de matarte!... ¿qué sabes tú de eso, tonta, que te asustas de la picada de un alfiler?...».
En esto estaban, cuando sintieron ruido en la escalera, y después el áspero chillido de la puerta que se abría. Ambos pusieron atención. Amparo, llena de miedo, notó que los que habían entrado avanzaban ya por el pasillo.
«¡Mi hermana!»—murmuró D. Pedro.
Al oír este nombre, la medrosa no supo lo que le pasaba. En su azoramiento y consternación no tuvo tiempo más que para esconderse precipitadamente en la alcoba. ¡Ay!, si tarda dos segundos más en huir, me la cogen allí. Los visitantes eran Doña Marcelina y el padre Nones. Amparo oyó con espantó la voz de aquella señora, y temiendo que también entrase en la alcoba, hizo propósito de esconderse en un armario. Felizmente había en el fondo de la pieza un cuartito triangular y muy estrecho, atestado de cosas viejas, en el cual se ocultaría en caso de necesidad.