Y volviendo a dudar y a pesar en la balanza de la razón el nefando trato, dijo:
«¿Y quién me asegura que cumples tu palabra...?».
Mas volviendo a triunfar de sus dudas, exclamó con énfasis:
«¡Oh!, no y mil veces no. Es una vergüenza peor que la que ya tengo encima. No quiero, no quiero. No tengo más salida que la muerte, y estoy decidida a dármela yo misma, ¡yo misma con mis manos, sí, salvaje, demonio de los infiernos...!».
Transfigurada, la cordera tomaba aspecto de leona. Jamás había visto Polo nada semejante a aquel sublime coraje de la que era toda paz, mansedumbre y cobardía.
«Sí, no tienes ya ni tanto así de conciencia. Yo no soy así—añadió ella con ardiente expresión—. Yo soy cristiana, yo sé lo que es el arrepentimiento, y sé morirme de pena, deshonrada, antes que caer en el lodazal a donde quieres arrastrarme».
El bárbaro pestañeaba como quien en sus ojos adormecidos recibe de improviso luz muy viva. Tuvo en su alma uno de aquellos arranques expansivos que de tarde en tarde le disparaban, ya en dirección del bien, ya en la del mal, y entregando la llave a su víctima, le dijo con cavernoso acento:
«Puedes salir cuando quieras».
El primer impulso de la prisionera fue echar a correr, y después de dudar un instante así lo hizo. Pero no había dado un paso en la escalera, cuando la voz de su conveniencia la detuvo una vez más. Era la vacilación misma. Pensó que aquel generoso rapto de su enemigo no bastaba a ultimar la temida cuestión. No quería irse sin la seguridad de que todo había concluido y de que recobraba la ansiada paz. Movida de estos escrúpulos del egoísmo, tornó adentro, padeciendo el descuido de dejar abierta la puerta.
«¿Pero no me perseguirás, no darás un escándalo, no harás nada en contra mía?».