—¡Oh!, muchas gracias, tengo dinero. Por allí viene un coche.
—¡Cochero!... Ea, con Dios. Salud, pesetas y buena conducta. Me voy a la parroquia para llevar el Viático a esa pobre... Buenas noches.
XXXII
Cuando Amparo llegó a su casa, díjole doña Nicanora que a las ocho había estado un señor... aquel señor, y que cansado de tirar de la campanilla se había marchado. A la joven no le cogió esto de nuevo; lo temía; mas no fue por eso menor su disgusto. ¿Qué pensaría de ella su novio? En aquel momento, quizás él y Rosalía estarían hablando de ella en el palco del teatro. ¿Qué dirían? Felizmente podría explicar su ausencia con la mentira de perseguir sin descanso a su hermana para traerla al buen camino. Toda la noche la pasó en un estado de agitación que no pueden apreciar sino los que se hallen en trance parecido. Ya no le quedaba duda de que sobrevendrían catástrofes y de que el asunto de su casamiento iba a tener un mal desenlace. Pero no se le ocurría medio alguno para evitarlo. El gran recurso de la explicación franca con Caballero parecíale, no sólo más difícil cada vez, sino tardío, y como tal, ocasionado a traer sobre ella el desprecio antes que el perdón. Lo que había oído a Doña Marcelina era motivo para enloquecer. En su delirio, pensaba que al día siguiente la tal señora de palo iba a salir por las calles pregonando un papel con la historia toda de Amparito, como los que cantando venden los ciegos con relatos de crímenes y robos.
Ya era de día cuando la venció el sueño. Durmió algunas horas, y mientras arregló su casa y se dispuso para salir, dieron las once de la mañana. Había hecho propósito de ir a la Costanilla de los Ángeles, porque si no iba, las sospechas de la Pipaón serían mayores... ¿Encontraría a Caballero en la casa?... ¿Encontraría a Doña Marcelina, que ya estuvo el día anterior tomando vino y bizcochos? Estos pensamientos le quitaban las ganas de ir; pero ¡Dios poderoso!, si no iba... Valor, y adelante.
Cuando entró en la casa, estaba como los sonámbulos, a causa de los disgustos y la falta de sueño. No se enteraba de lo que oía; sus movimientos eran cual los de un autómata.
«Chica—le dijo la dama—. Estás hoy más seria que un ajusticiado. Parece que no has dormido en toda la noche. ¿Y qué?... ¿encontraste al fin a la buena pieza de tu hermana? Como no estabas en tu casa cuando Agustín fue a buscarte, supongo que la correría de anoche ha sido larguita».
Estas frases podían ser dichas sin mala intención; pero a la joven le parecieron astutas y picarescas. Disculpose como pudo, embarullándose, y explicando de la manera más incoherente su malestar y los motivos de su insomnio. Lo que más le llamaba la atención era que tal señora estaba enojada, antes bien, de muy buen humor y casi gozosa.
«Pues yo me levanté muy temprano—dijo Rosalía con la satisfacción íntima de quien da felices noticias—. He estado toda la mañana en la Buena Dicha... Mira, haz el favor de ir a la cocina y lavarme estos dos pañuelos».
Tiempo hacía que a la Emperadora no se le mandaban tales cosas. Cuando volvió de desempeñar aquel encargo, díjole la Bringas: