«Hoy tengo costura larga. Estoy decidida a reformar la falda del vestido de baile... Veo que estás como asustada... Sosiégate, mujer; no correrá la sangre al río».

Cada una de estas oscuras frases era para la medrosa como puñalada. Almorzaron en silencio, pues aunque Rosalía intentaba amenizar el acto con las agudezas que le sugería su inexplicable regocijo, D. Francisco estaba más serio que un funeral. Amparo observó en la fisonomía de su bondadoso protector una tristeza que la aterraba. Varias veces hubo de dirigirle ella la palabra sin obtener de D. Francisco una contestación. Ni siquiera la miró una sola vez. Esto llegábale al alma, confirmándola en la sospecha de que se acercaba la hora de su desventura.

«Estos días—le dijo Rosalía cuando se quedaron solas—, es preciso apretar de firme. Toda la falda ha de quedar adornada mañana... No te distraigas, no hagas la preciosita. Hoy no viene Agustín. Hija, como te cree tan ocupada por esas calles buscando con candil a tu hermana, él también se va de paseo. Es natural».

Más tarde la volvió a mandar a la cocina, y ella, dando ejemplo de humildísima sumisión, obedecía sin chistar. Una de las muchas órdenes que lo dio fue esta:

«Haz una taza de tila y tráetela para acá».

Cuando Amparo trajo la taza y la presentó a la dama, esta, sonriendo con malicia, la dijo:

«Si es para ti...».

—¡Para mí!

—Sí, tómatela para que se te aplaquen esos nervios... Me parece que no debes andar en misterios conmigo... Haremos todo lo posible para que el buenazo de Agustín no sepa nada. Esto, como cosa pasada y muy vergonzosa, debe quedar en el secreto de la familia.

—¿Qué?—murmuró la Emperadora como un muerto que habla...