—No querrás que te lo cuente yo, bobona... Pero si te empeñas en ello...
Amparo cayó redonda al suelo, como si recibiera en la sien un tiro de revolver. La taza se hizo pedazos, y el agua de tila se vertió sobre la bata de Rosalía.
«¿Ataquitos de nervios?—dijo esta—. Mira cómo me has puesto la bata. Pero qué, ¿te desmayas de veras o es comedia?... Amparo, Amparito, por Dios, hija, no nos des un disgusto... Yo no he de decir nada... ¡Niña, por Dios!»
La joven, recobrándose, se incorporó. Su tribulación se resolvía en un llorar seco y convulsivo. Sollozos y ayes la sofocaban; pero sus ojos permanecían secos.
«Eso se te pasará llorando. Expláyate, desahógate...—le dijo Rosalía—. Vale más que te levantes, hija, y pases al gabinete. Te echarás en el sofá...».
La ayudó a levantarse, y ambas pasaron al gabinete.
«Acuéstate, descansa un ratito, y llora todo lo que quieras. Pondré esta toalla en la cabecera del sofá para que no me lo mojes con tus lágrimas... ¿Qué tal? ¿Te encuentras mejor?... Ya no se usan síncopes. Es de mal gusto... ¿Quieres que te deje sola un momento? ¿Quieres un poco de agua?».
Le prodigaba, justo es decirlo, los mayores cuidados. Después la dejó sola, porque había entrado alguien. Lo que Amparo pensó y sintió en aquel rato en que estuvo sola no es para contado. Toda su alma era vergüenza; vergüenza sus ideas, y el horrible calor de su piel y de su rostro, vergüenza también. Desde el gabinete oía las voces confusas de la Bringas y del visitante, que sonaban en la inmediata sala. Era el señor de Torres. ¿De qué hablarían? De ella quizás.
Cuando la dama volvió, el estado moral de Amparo era el mismo. Creeríase que después de aquella crisis se había quedado paralítica y con el juicio nublado. No se movía del sofá, no daba señales de entender lo que se le decía, y sólo contestaba con miradas ansiosas.
«¿Te ha pasado ya el sofoco?—le dijo Rosalía, inclinándose ante ella—. Comprendo que la cosa no es para menos. Debiste tener valor desde el primer momento para decir la verdad a ese ángel y sacarle de su engaño. Ahora sería muy expuesto que hablaras con él de esos horrores. No le conoces bien. Es el hombre más rigorista, más enemigo de enredos... Para él todo ha de ser en regla, todo muy conforme a la moral. Y con lo está tan ciego por ti, si hablas y le quitas la venda, creo que será como si le dieras un pistoletazo...».