Amparo se quedó como muerta... Con un gemido pronunció las dos palabras: «¡Lo sabe!...».

—Sí... cree... le han hecho creer... ¡Qué infame cuento! Rosalía, como es tan crédula, como es tan inocente, también te acusa, aunque disculpándote; pero yo no me doy a partido, yo no creo nada, yo rechazo todo, absolutamente todo.

Decíalo subrayando en el aire con su enérgico dedo las palabras. ¡Cuánto le agradeció la pecadora esta terquedad indulgente!

«Pues sí, el pobre Agustín está que se le puede ahorcar con un cabello... Entre unos y otros le han llenado la cabeza de viento. Creo que fue Torres quien llevó el chisme a Mompous, y Mompous debió decirlo a mi primo, como pretendiendo hacerle un favor. Te juro que esto me pone furioso. Rosalía niega que haya tenido participación en ello, y lo creo: es incapaz... Ayer estuvo Agustín en casa todo el día... empeñado en que Rosalía le contara... Mi mujer no podía decirle nada contra ti... Al contrario, te defendía... Está el pobre que da lástima verle. Ahora mismo vengo de su casa, y si acudes pronto, si no pierdes tiempo, puedes quitarle de la cabeza lo que le atormenta... Ven».

—¡Yo!—murmuró Amparo como una idiota, resistiendo al cariñoso esfuerzo de Bringas, que la quería llevar tirándole de un brazo.

—¿No quieres venir?... ¿en qué quedamos? ¿Permites que te calumnien así?... ¡y tú tan tranquila!

—Tranquila no...

—¡Porque es calumnia... calumnia!...—exclamó Thiers, clavando en ella el rayo de sus ojos, que parecía que se aguzaba al pasar por las gafas.

—Sí... calumnia... quiero decir... no... es preciso explicar... parece...

Amparo se enredaba en sus propias palabras.