«¿Vienes o no?»—le dijo Bringas caviloso, tratando de llevarla casi por fuerza.
—¿Ahora?—replicó ella, poniéndose del color de la más blanca cera—. Tengo que ir a la botica...
—Es verdad que estás enferma... Hija, después te curarás... Te encuentro pálida... Es preciso que hagas un esfuerzo. ¿Qué, tu deshonra no te afecta? ¿Puedes ver con calma que se digan de ti tales horrores?...
—¡Oh, no...!, si son horrores no son verdad.
—Pues ven... Por ti, por mi primo deseo yo que esto se aclare. Si no vienes pronto, quizás la cosa se complique. Hay moros por la costa, hija de mi alma. Si no acudes pronto, Agustín, que está como demente, se pondrá al habla con tu enemigo, y figúrate si este le llenará la cabeza de viento... Aún es tiempo... Corre, acude pronto. Agustín está en su casa. Le he dejado yo allí en tal estado de abatimiento que parece un colegial que ha perdido curso. Llegas, te arrojas a sus pies, lloras, le suplicas que te escuche y que no haga caso de la maledicencia, le cuentas lo que haya, si es que hay alguna cosilla un poco más libre de lo regular... Todo podría ser, cosas del mundo... Oye bien; le dices cosas que te salgan del corazón, cosas tiernas, bien sentidas, y así le sujetas, le contienes...
Amparo miraba a su protector como persona que no tiene ninguna idea favorable ni contraria que oponer a lo que oye.
«¿Pero te has vuelto idiota?—clamó él lleno de impaciencia y alzando la voz como cuando se habla con un sordo—. Mira; tú te lo pierdes... te he dicho que sólo tú puedes sujetarle y contenerle, dándole explicaciones, si las hay, acariciándole y poniéndole delante tu linda cara para que se encandile... Como no te decidas, no sé lo que pasará. Le han dicho, y Rosalía me jura que no ha sido ella; le han dicho que Doña Marcelina Polo posee dos cartas tuyas, dirigidas no sé a quien, y héteme aquí al hombre rabiando por verlas, por tener una prueba de tu... yo sostengo que es calumnia... Pero ¡ay!, sabe Dios si esa bendita señora, que no te quiere bien, le hará ver lo blanco negro».
Maquinalmente dijo Amparo estas palabras:
«Ha ido a ver a Doña Marcelina...».
—No, mujer, no, no—gritó Bringas creyendo siempre que hablaba con un sordo—; pero irá. Mandó recado con Felipe esta mañana, preguntando la hora en que podría ver a esa señora, y han contestado que a las doce... Ya son las once y cuarto. Ponte el manto y no pierdas un minuto. He almorzado con él. El pobre no comía nada...