Pasó del salón al gabinete, y luego a otro que era... el suyo. ¡Ironías del hado!
Centeno se alejaba...
—Señorita...
—Nada, nada. Es que...
Diéronle impulsos de salir otra vez y de volverse corriendo a su casa. Se le representaron en su aturdida mente dos papeles escritos por ella mucho tiempo antes, dos cartas breves, llenas de estupideces y de la mayor vergüenza que se podía concebir... Su corazón no era corazón, era maquinilla loca que corría disparada y se iba a romper de un momento a otro... ¡Adiós esperanza! En aquel momento Caballero entraba en el aposento de la mujer de caoba; ambos hablaban...
«Felipe».
—Señorita...
—Me voy... enséñame la salida. No acierto a andar en este laberinto.
Dio algunos pasos. Las fuerzas le faltaron y dejose caer en un sillón. Temía perder el conocimiento.