«¿Está usted mala?... ¿Quiere que llame a Doña Marta?».
—No, por Dios, no llames a nadie. Mira, hazme el favor de traerme un vasito de agua.
—Al momento.
En el breve rato que Felipe estuvo fuera, Amparo esparció sus miradas por la lujosa habitación en que se hallaba. «Aquí iba yo a vivir—pensó, mientras la pena fiera rechazaba en el fondo de su alma el gozo salvaje que quería entrar en ella—. Aquí iba a vivir yo... pues aquí quiero que se acabe mi vida.
«Gracias—dijo a Felipe, tomando el vaso de agua y poniéndolo sobre la mesa—. Ahora me vas a hacer otro favor».
—Lo que usted me mande.
—Pues tendrás la bondad—dijo lentamente Amparo, registrando su bolsita y sacando un papel—, de ir a la botica, que está en esta misma calle, dos puertas más abajo... Toma la receta; me traes esta medicina... Es una cosa que tomo todos los días para los nervios, ¿sabes?.. Aguarda, ten el dinero... Corre prontito, aquí te aguardo...
—Voy al momento.
Desde el pasillo, volvió Centeno apurado y dijo:
«Para que usted no se aburra...».