«¿Por qué no te quedaste en Brownsville, bruto? ¿Quién te mete a ti en la civilización? Ya lo ves... a las primeras de cambio ya te han engañado. Juegan todos contigo, como con un chiquillo o con un salvaje. Cuando desconfías, te equivocas. Cuando crees, te equivocas también. Este mundo no es para ti. Tu mundo es el río Grande del Norte y la Sierra Madre; tu sociedad las turbas de indios bravos y de aventureros feroces; tu trato social el revólver, tu ideal el dinero. ¿Quién te mete en estos andares? Unos por fas y otros por nefas, todos se ríen de ti y te embaucan y te explotan».

—Señor—dijo Felipe entrando en la habitación—. Doña Marcelina está en la iglesia. Otra señora que vive con ella, y a quien yo conozco, me ha dicho que puede usted ir a las doce.

D. Francisco no tardó en aparecer con la cara risueña y el carrik mojado. Su esposa estaba atareadísima con el vestido de baile, y no podía venir hasta después de medio día. Hablaron luego de lo que tanto perturbaba al indiano, y Thiers sacó a relucir lo más atenuante y conciliador que le sugería su bondad. Todo era calumnia, y más valía que Agustín no se metiese en más averiguaciones. Mucho le entristeció lo que le dijo su primo: «Una de dos: o me vuelvo a Brownsville, o me pongo el mundo por montera».

Almorzaron juntos, y antes de que el almuerzo concluyera, Bringas se levantó de la mesa con impaciente afán. Tenía una idea, y se apresuraba a realizarla, confiado en la seguridad del éxito. Salió presuroso para ir a donde sabemos. Aunque Rosalía aseguraba que Amparito no estaba en su casa, bien podía haber vuelto ya. Quizás los vecinos sabían el paradero de las dos hermanas. Adelante, corazón noble, y no temas.

Caballero salió más tarde, y por las Descalzas, el Postigo, la calle de Hita, el callejón del Perro, etc... se dirigió a la calle de la Estrella. Fácil es suponer que tenía un humor de mil demonios y que no sabía escoger entre la duda y la certidumbre de su desgracia. Aquella tal Doña Marcelina, ¿qué casta de pájaro sería?

Esto pensaba al subir la escalera de la casa aquella, más vieja que el mal hablar. Llamó, y una criada le dijo que la señora no había venido aún, pero que no tardaría ni cinco minutos. Le pasaron a la sala, y cuando esperaba allí presentósele una dama de muy singular aspecto, blanca, fina, limpia y como vaporosa, una anciana que parecía una gatita, con dos esmeraldas por ojos, y que andaba con pies de lana sin que se le sintieran los pasos.

«Caballero—le dijo aquella humana reliquia mirándole con dulzura—, ¿es usted por casualidad del Toboso?».

—No señora—replicó él—, no soy del Toboso ni de la Mancha.

—¡Ay!, perdone usted...

Y se escabulló, mirando con recelo las ligeras manchas de lodo que el visitante había dejado sobre la estera. Agustín reparó la sala, que contenía unas siete cómodas y otros muebles anticuadísimos, pero muy bien conservados, cuatro crucifijos, dos niños Jesús y obra de cuatro docenas de láminas de santos, con ramos de siemprevivas, lazos y cintas. No tardó en aparecer un semblante de talla de caoba detrás de un velo negro.