«¿Es usted el señor de Caballero?».

—Servidor de usted... yo deseaba...

Doña Marcelina hizo pasar a Agustín a un gabinete inmediato. Después de ver la sala, parecía que ya no había más cómodas en el mundo. Sin embargo, en aquel gabinete había tres. Un brasero con mucha lumbre daba calor a la desamparada pieza. El visitante y la de Polo se sentaron en sendos sillones.

«¿Ha visto usted qué día?»—indicó la señora, alzando su velo y publicando el bajo relieve de su cara, que no había cristiano que lo entendiera.

—Sí, señora, muy mal día... Pues yo vengo a suplicar a usted que tenga la bondad de darme noticias...

—Ya sé, ya sé—replicó la de Polo con severidad—. ¿Me pide usted informes, antecedentes de esa desgraciada? Si usted me lo permite, guardaré la mayor reserva, porque no está en mis principios esto de llevar cuentos y ocuparme de acciones ajenas. Yo, aunque me esté mal el decirlo, no acostumbro perjudicar ni aun a mis mayores enemigos... No es por alabarme; pero a muchos que me han aborrecido les he colmado de beneficios...

—En el caso presente—dijo Caballero con afán—, usted puede hacer una excepción, en favor mío, contándome...

—Alto allá—interrumpió la austera dama. Yo no cuento nada, yo no sé nada, yo no he visto nada, absolutamente nada. ¿Que viene alguien y me dice que Amparo es una santa? Yo callada. ¿Que viene usted y me dice que se quiere casar con ella? Yo callada. Callar y callar es mi tema. Hoy he recibido a Dios, y si no tuviera bastantes fuerzas para seguir en mis trece, esto sólo me las daría.

—Pero señora, ¡por amor de Dios!—exclamó Agustín, en la mayor confesión—. La verdad es antes que todo.

—Precisamente hay verdades que no son para dichas... No me pregunte usted nada... mi boca es un broche... Únicamente le diré, y esto no porque a usted le pueda interesar, sino por mi propia satisfacción, que mi hermano se ha salvado; mi hermano está ya en camino de Marsella, de donde saldrá dentro de tres días para Filipinas; mi hermano no tiene mal fondo, y allá en aquellas tierras de salvajes mi hermano volverá en sí. ¿Sabe usted dónde está la isla de Zamboanga? Porque me han dicho que usted, también viene de tierras de caribes. Pues allí, en aquella dichosa Zamboanga desembarcará mi hermano dentro de dos meses, y allí tendrá ocasión de cristianar herejes y hacer grandes méritos. No es esto decir que yo confíe absolutamente en su salvación, pues como la cabra tira al monte, el vicioso tira siempre... a lo que tira. ¡Oh!, ¡qué esfuerzos tuvimos que hacer a última hora! ¡Si hubiera usted visto...! ¡Qué hombrazo! En la estación nos decía que allá va a ser un Nabucodonosor con sotana. Que sea lo que quiera con tal que no vuelva a las andadas, ni parezca más por acá... Y no crea usted... ¡tengo un susto...! Se me figura que de Barcelona o de Marsella se nos vuelve a Madrid y se me entra por la puerta cuando menos le espere... Usted no le conoce bien. Y mienten los que le suponen mal natural; pues si no le hubieran embrujado, si no le hubieran sorbido los sesos, otro gallo le cantara.