En estado de contrariedad y de irritación indescriptibles, Caballero tuvo que contenerse para no hacer un disparate. La verdad, sentía ganas de darle un par de bofetadas.

«¡Ah!—exclamó la de madera—, ¿sabe usted que no se ha muerto la pobre Celedonia? La llevamos al hospital al día siguiente del escándalo... Y aunque le digan a usted otra cosa, yo no vi nada, yo no sé nada».

—Señora, yo no sé quién es Celedonia, ni me importa. Vamos a lo mío. Sé, me consta que usted posee dos cartas...

Su irritación le impulsaba a prescindir de todo miramiento y delicadeza. Planteó la cuestión en términos descorteses, diciendo:

«Necesito que usted me entregue esas dos cartas. Las compro, óigalo usted bien, las compro. Usted dirá».

—¡Ah!, ya no me acordaba de eso—declaró Marcelina, dirigiéndose a una de las cómodas.

—Las compro—repitió Agustín, saboreando la amargura de su curiosidad satisfecha.

La de Polo revolvió un momento en el cajón superior. Estaba de espaldas a Caballero, a bastante distancia. Agustín sintió roce de papeles. Después de una pausa, la voz de Marcelina dijo así:

«Pues ha de saber usted que aquí no hay nada, nada de lo que desea... Toque usted a otra puerta, que aquí no se compromete la reputación de ninguna persona, buena o mala. Si algún rengloncillo parece por estos escondrijos, seguiré el consejo del padre Nones, que me ha dicho: 'O entregarlo a su dueño o a las llamas', y yo...».

Volviose de frente a Caballero con las manos a la espalda.